Dejarse caer.
Resbalar por un tobogán al rojo vivo.
Desollarse los nudillos contra todas las puertas cerradas.
Romper (a cabezazos) las ventanas de la casa
y arrastrarse sobre los cristales.
Caminar con el vestido rasgado y los pies heridos por las zarzas y ortigas.
Porque de eso se trataba
y nadie nos lo dijo.
Si de eso se trata,
sugiero que los niños no vengan más con un pan debajo del brazo.
Si de eso se trata,
sugiero que traigan vendas y yodo.
O mejor, una roca en el pecho,
un reloj suizo, un pistón de cuatro tiempos.
Si de eso se trata,
mejor decidles que no vengan.
¿Te has quemado los labios alguna vez para que un dolor te quite el dolor del otro? Te aseguro que no funciona, pero se te ocurren cosas como estas. A mí, por lo menos.
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jueves, 13 de septiembre de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
Despertar a oscuras
sin distinguir si lágrima o náusea.
No moverse, sobre todo, no moverse,
que nada desvíe tu rumbo de náufrago a la deriva.
Buscarías la línea del horizonte,
pero prefieres quedarte mirando a la pared
para no ver el muro de su espalda
(recuerdo de noches que pasaste buscando sus alas con los labios).
Ahora hace frío y se necesita pijama
porque la piel ya no abriga.
No moverse, sobre todo, no moverse,
que nada desvíe tu rumbo de náufrago a la deriva.
Buscarías la línea del horizonte,
pero prefieres quedarte mirando a la pared
para no ver el muro de su espalda
(recuerdo de noches que pasaste buscando sus alas con los labios).
Ahora hace frío y se necesita pijama
porque la piel ya no abriga.
lunes, 19 de marzo de 2012
Me paras los pies en el corazón,
y yo me quedo varada en esta orilla de la mesa,
boqueando sin saber cómo despedirte,
mientras tú buscas la última respuesta en mis ojos.
Porque te quiero tanto, tengo que dejarte ir,
porque ya no puedo curar tus heridas,
porque no puedo protegerte de esta lluvia.
Y sólo ahora, después de tanto tiempo,
descubres mi secreto: yo no soy dios.
y yo me quedo varada en esta orilla de la mesa,
boqueando sin saber cómo despedirte,
mientras tú buscas la última respuesta en mis ojos.
Porque te quiero tanto, tengo que dejarte ir,
porque ya no puedo curar tus heridas,
porque no puedo protegerte de esta lluvia.
Y sólo ahora, después de tanto tiempo,
descubres mi secreto: yo no soy dios.
miércoles, 18 de enero de 2012
No toda la lluvia
No toda la lluvia está en mi cabeza.
También hay días de cielos cómplices,
en los que no hay un sol que me delate.
viernes, 11 de noviembre de 2011
No hablaré
No hablaré de silencios, ausencias, ni pérdidas.
No hablaré.
Porque el nombre,
el sólo nombre que me asoma a la punta del dolor, lo mancillaría.
Porque no hay adjetivo que no escupa sobre él,
ni verbo que no lo enfangue.
Me lo comeré como quien se come los cristales de la copa
rota después de apurar el mejor vino de la bodega.
domingo, 28 de agosto de 2011
Parte de mi dolor
Déjame devolverte parte del dolor que me diste,
sólo parte, sólo las noches en blanco,
sólo los amaneceres oscuros.
Déjame poblar tus pesadillas,
esconderme en las sombras que te asustan,
perturbar tus paisajes interiores.
Sólo parte de mi dolor, soy así de generosa.
El frasco de lágrimas con tu nombre,
ése, me lo quedo.
Seguirá escondido bajo mi cama,
me pertenece, sólo mío, no lo comparto.
Soy así de egoísta.
Esas lágrimas que guardan
lo mejor de mí, lo que dejaste de ti,
me recordarán, como un feto en formol,
todo lo que me pudriste dentro.
domingo, 7 de agosto de 2011
Nocturnia
Me pido cada hueco de tu cuerpo,
cada pliegue y cada falla de tu geografía;
los mares de tus ojos,
los ríos de tus manos,
la erupción de volcán en tu sexo.
Todo eso es mío,
y más.
Y tus jadeos,
y el rastro de saliva que dejas en mi cuello,
el eco de tu boca en la mía,
los surcos que aran mis uñas en tu espalda.
Y tu noche, y el deseo,
y la sombra que te abraza.
Todo eso es mío.
Por eso lo mejor será que te busques
una mujercita que te quiera de día,
que reciba tus despojos con los brazos abiertos
y que cure con sus besos mis heridas.
miércoles, 20 de julio de 2011
Sólo un juego
Juguemos a que no te quiero:
hagamos como si mis pulmones no necesitaran el aire que respiras.
Juguemos al pilla-pilla: tú la llevas
y yo corro y me río y te miro de lejos;
y tú, sin resuello,
en medio del patio del colegio,
aprendes a guardar las manos y los besos.
Juguemos a las nubes:
búscame la forma, hasta que te llueva.
Juguemos a que soy tú:
tan ligera que te rompo si te toco,
tan fría que te abraso si te acercas.
Después jugarás con las cenizas de mis pedazos.
miércoles, 8 de junio de 2011
Con tu nombre, Amor, forjé los barrotes de mi celda.
En tu nombre trencé las cuerdas
con que me até
una y otra vez.
Tu nombre, Amor, fue bandera de mi reino
y ley de mi silencio.
Por tu nombre rendí mi cuerpo
y amordacé mis sueños.
Pero quizás sea ahora tiempo de dinamitar
los cimientos de tu cárcel,
de gritar entre los escombros
que tu nombre ya no es más
cancela ni reja
y alejándome de ti, buscar
amores pequeños, ligeros, ingrávidos;
amores hechos de aire y espuma de cerveza.
Olvidar tu nombre, Amor, tan pesado
y poder, libremente, amar.
viernes, 13 de mayo de 2011
martes, 26 de abril de 2011
Nos dijeron que seríamos héroes.
Nos señalaron y dijeron:
seréis nuestros héroes,
acabaréis con el enemigo
que amenaza
nuestros hogares, nuestra patria.
Nos envolvieron en sudarios pardos
demasiado grandes, demasiado pronto.
Nos dieron armas, fusiles de asalto,
demasiada muerte en las mismas manos.
Ebrios de honor y de gloria,
borrachos de poder,
nos llevaron a un país extraño
donde había otros hombres
que defendían
sus hogares, su patria,
enfundados en los mismos sudarios pardos,
con la misma muerte en las manos.
Jinetes en caballos blindados,
ángeles exterminadores,
es matar o morir
y el miedo hace el resto.
Nos dijeron que seríamos héroes.
Ebrios de honor y de gloria
nos trajeron hasta aquí.
Y ahora miro a mi alrededor y sólo veo
macabros puzzles sanguinolentos,
que fueron mis hermanos,
mis compañeros.
No hay honor en la sangre derramada.
No hay gloria ganada en estas ruinas
de retazos de cuerpos y tierra quemada.
Nos señalaron y dijeron:
seréis nuestros héroes,
acabaréis con el enemigo
que amenaza
nuestros hogares, nuestra patria.
Nos envolvieron en sudarios pardos
demasiado grandes, demasiado pronto.
Nos dieron armas, fusiles de asalto,
demasiada muerte en las mismas manos.
Ebrios de honor y de gloria,
borrachos de poder,
nos llevaron a un país extraño
donde había otros hombres
que defendían
sus hogares, su patria,
enfundados en los mismos sudarios pardos,
con la misma muerte en las manos.
Jinetes en caballos blindados,
ángeles exterminadores,
es matar o morir
y el miedo hace el resto.
Nos dijeron que seríamos héroes.
Ebrios de honor y de gloria
nos trajeron hasta aquí.
Y ahora miro a mi alrededor y sólo veo
macabros puzzles sanguinolentos,
que fueron mis hermanos,
mis compañeros.
No hay honor en la sangre derramada.
No hay gloria ganada en estas ruinas
de retazos de cuerpos y tierra quemada.
jueves, 31 de marzo de 2011
Me dices que me quieres
mientras me agarras el cuello bajo la bufanda.
Me dices que me quieres
mientras besas la palma de mi mano cerrada.
Me dices que me quieres
mientras aplastas mi pecho contra tu pecho.
Y yo aprieto los ojos y las piernas
pero tú te abres paso como un gusano,
como una araña inoculas tu veneno.
Lloro lágrimas secas, respiro sin aire
y me hago pequeña bajo el peso de tu aliento,
tan pequeña,
que pisas mi cadáver al marcharte.
mientras me agarras el cuello bajo la bufanda.
Me dices que me quieres
mientras besas la palma de mi mano cerrada.
Me dices que me quieres
mientras aplastas mi pecho contra tu pecho.
Y yo aprieto los ojos y las piernas
pero tú te abres paso como un gusano,
como una araña inoculas tu veneno.
Lloro lágrimas secas, respiro sin aire
y me hago pequeña bajo el peso de tu aliento,
tan pequeña,
que pisas mi cadáver al marcharte.
jueves, 24 de marzo de 2011
EL CONTRATO (de Ana Pérez Cañamares)
A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.
Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad.
La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.
La primera vez que escuché este poema, pude oír perfectamente cómo se me abría otra herida en el pecho. Desde entonces, cada vez que lo escucho y cada vez que lo leo, noto el hilillo de sangre que se me escurre por entre las costillas, recorriendo las cárcavas de otras cicatrices, unas más recientes, otras tan antiguas como la piel que horadan.
Y no escarmiento. Tal vez porque hay gente que nacemos así, con vocación de tinta en la sangre y piel de papel, saltadores a tumba abierta, ¿para qué cuidarse? ¿Para qué mirar si hay agua en la piscina? Y cuando tienes la piel tan curtida, tantos costurones, los ojos encallecidos de llorar, la espalda doblada de tanto peso, te dices que ya no importa, que no hay en este mundo un sufrimiento que no hayas probado y los has sobrevivido a todos, pero te olvidas de que siempre cabe otra herida, otro corte, otro desgarrón.
Y así vas dejando a tu paso un rastro de sangre que alimenta al mundo. Y mientras tú te mueres, sólo te queda el consuelo de mirar atrás y ver que todas las flores, las ortigas, los árboles y hasta las piedras y las farolas que hay allí han salido de ti, que si tú no te hubieras derrochado a manos llenas, el mundo a tu espalda no sería más que un inmenso erial, un desierto de hielo.
A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.
Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad.
La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.
La primera vez que escuché este poema, pude oír perfectamente cómo se me abría otra herida en el pecho. Desde entonces, cada vez que lo escucho y cada vez que lo leo, noto el hilillo de sangre que se me escurre por entre las costillas, recorriendo las cárcavas de otras cicatrices, unas más recientes, otras tan antiguas como la piel que horadan.
Y no escarmiento. Tal vez porque hay gente que nacemos así, con vocación de tinta en la sangre y piel de papel, saltadores a tumba abierta, ¿para qué cuidarse? ¿Para qué mirar si hay agua en la piscina? Y cuando tienes la piel tan curtida, tantos costurones, los ojos encallecidos de llorar, la espalda doblada de tanto peso, te dices que ya no importa, que no hay en este mundo un sufrimiento que no hayas probado y los has sobrevivido a todos, pero te olvidas de que siempre cabe otra herida, otro corte, otro desgarrón.
Y así vas dejando a tu paso un rastro de sangre que alimenta al mundo. Y mientras tú te mueres, sólo te queda el consuelo de mirar atrás y ver que todas las flores, las ortigas, los árboles y hasta las piedras y las farolas que hay allí han salido de ti, que si tú no te hubieras derrochado a manos llenas, el mundo a tu espalda no sería más que un inmenso erial, un desierto de hielo.
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